Pan y circo y urnas

Cuando el exministro Miguel Arias Cañete descendió del tractor llevaba dos aguacates en la mano, un traje impecable sin corbata ni manchas sobre el cuerpo y la sonrisa ladeada en el rostro abultado detrás de su barba nevada. Era la máxima expresión del circo, la mínima noción del sentido del ridículo: estaba en Vélez-Málaga e inmerso en la campaña para las elecciones europeas de 2014 que, su partido, el PP, ganó pocos días después con más de cuatro millones de votos, el 26% de las personas que depositaron el suyo en una urna. Han pasado casi cinco años, más de 400 catástrofes, 1746 días, algún que otro rey, dos legislaturas y sigue haciéndolo el tiempo; pero las costumbres para recaudar dinero (porque el que gana, gana unas elecciones y un sueldo y poco más; mientras que el que pierde, pierde unas elecciones, gana un sueldo y poco más) en forma de papeletas siguen estancadas en la demagogia, que debió de inventarse en los tiempos iluminados de la Grecia Clásica, que es como asegurar que ha existido siempre.

Los ciudadanos lo saben. Aunque por los resultados parezca que no, los ciudadanos lo saben: las campañas electorales son obra de teatro, cuento de propaganda, novela de ficción; el sitehevistonomeacuerdo llevado a la institución pública. Todos son conscientes, o deberían, de que el político actual solo camina por suelo sucio, abraza bebés, canta las virtudes de la alcachofa, debate con carniceros, toma cañas con extraños, besa dos veces, una por mejilla, a señoras desconocidas… en la temporada de caza de votos: es curioso que no haya otra época en la que esas cosas sucedan. Y, sin embargo, llega el domingo de los comicios y las personas votan y si gana el que quieren salen a la calle, lo celebran; y si pierde, y casi todos pierden, solo uno gana, aunque parezca que el que ¿manda? lo hace por decisión de muchos, casi nunca es así, se enfadan. Pasa el tiempo que no deja de pasar: promesas incumplidas, berrinches y yoaestenolovuelvoavotar, otra vez el circo de la campaña, el domingo: vuelven a las urnas, vuelven a votar, vuelven a elegir; vuelven a las tontas, vuelven a sacar, vuelven a salir. Y otra vez a empezar desde el principio. ¿Para qué?

Hay algo que casi nadie quiere admitir y no es que las elecciones no sirvan para nada; sino que no sirven para casi nada. La caída del bloque soviético, que, aunque se estudia como un conjunto de países socialistas, terminó por ser algo así como un capitalismo de Estado, en 1991 es el símbolo del desplome de las alternativas al sistema de mercado. A partir de ahí no existe una ideología con opciones reales de proponer una organización distinta, una forma de vivir de otra forma. Desde entonces todo es democracia burguesa: liberalismo, socialdemocracia, conservadurismo: distintas maneras de entender y practicar el capitalismo. Salga quien salga elegido la vida no va a cambiar demasiado (o sí, pero por factores como la implementación en la sociedad de las tecnologías, por ejemplo, y no por leyes salidas de los parlamentos): los gobiernos se han convertido en meros gestores de los presupuestos generales del Estado; no plantean nada nuevo, no tienen ideología (sus posiciones cambian de un día para otro, en función de las encuestas, las estimaciones) y más que de convencer tratan de deslumbrar. Los discursos están vacíos, y se les nota; en los adentros no hay pasión, y se les ve. España estuvo desde el 20 de diciembre de 2015 al 16 de octubre de 2016 con un ejecutivo en funciones: yo no recuerdo que aconteciese ningún drama extraordinario.

¿Para qué, entonces? Al final el voto es un justificante: cuando alguien participa en la democracia está justificando las reglas del juego, que el que gane mande, que las cosas sigan como están. Por eso, entre otros motivos, yo jamás he votado en unas elecciones, ni creo que vaya a hacerlo.

Mis amigos dicen que no puedo quejarme, que ejercer la abstención merece el castigo del silencio; no votar es, para ellos, para tantos otros, una manera de crítica hipócrita; un derecho que quita el derecho de tener derecho a quejarse con derecho.

Recuerdo que cuando Mariano Rajoy consiguió formar gobierno por segunda vez, distintos grupos de izquierda propusieron rodear el Congreso de los Diputados como forma de protesta. Por aquella época, mientras estaba sentado en el banco de un parque de Madrid, escuché una conversación casual. La mantenían una chica y un chico. Ella expresaba su deseo de acudir a dicha movilización; él le recriminaba que quisiera hacerlo:

-Tú no tienes derecho a ir, no has votado, que es como si hubieses votado al PP- lanzó.

– Al contrario- recibió-, el que no tiene derecho a ir eres tú. Al participar en las elecciones has aceptado las normas y, por lo tanto, que pueda gobernar el que gane, aunque a ti no te guste. Si vas tú, será un gesto de hipocresía.

El chico se quedó callado por un momento, los ojos entornados, cuando intentó articular una respuesta fue inútil: de su boca solo salió aire. El momento se extendió por tanto tiempo que dejó de ser un momento.

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