El brexit que patea las calles

Atravesando White Hall la comitiva avanza a paso de proceso político, lento. No es extraño, está compuesta por menos de cien personas, más de la mitad mayores de cincuenta, algunos solo lo consiguen con un andador, sus pasos se asemejan a los movimientos más elementales de un pico de mina; otros necesitan ir sobre ruedas, entronados en una silla a motor que a veces hasta parece que avanza de verdad. El resto más que de protesta parece ir de fiesta, cantando noséqué al ritmo del himno del Reino Unido, su himno, su reino. La policía los escolta, los londinenses los miran, los turistas los fotografían, un chico los insulta; los agentes ahora lo escoltan a él, el chico se va entre abucheos de boca, amenazas de aire y gestos obscenos de veras.

Cuando haya pasado una hora y media ese grupo minúsculo habrá llegado a Oxford Circus, el centro del centro de Londres, y estará cortando la principal carretera de la principal calle de tiendas de la principal ciudad del país en una de las principales horas (cinco de la tarde) para comprar en el día principal para hacerlo, el sábado. Mientras tanto una fila larga de conductores de coches, autobuses y motos encorsetados en dos carriles que parecen demasiado estrechos para sostenerlos a todos pitarán, gritarán, alzarán el puño, se enfadarán. Los turistas y las personas que pasen por allí aprovecharán para sacarles (¿seguir sacándoles?) fotos. Este será el resultado de una de las protestas-plegarias de los ciudadanos ingleses que están a favor del Brexit y que casi cada fin de semana se reúnen en Londres para exigir-pedir lo que desean que llegue ya: el fin de un proceso que ni siquiera los que lo encabezan tienen claro cuándo ni cómo va a culminar.

Tres semanas después pero al mediodía, una multitud muy parecida (si no idéntica) ocupa Trafalgar Square para clamar por lo mismo mientras al lado una plataforma sirve a un colectivo feminista como escenario para recitar poemas y ofrecer conciertos para la igualdad; en la otra punta de la plaza, junto a la National Gallery, una marea de argelinos canta al unísono y salta al unimovimiento para protestar contra ¿su? gobierno. Ninguno de ellos se mezcla con los otros.

El Brexit no es algo común. Resulta extraño que en una ciudad (la capital) de más de ocho millones y medio de personas se reúnan tan pocas para reivindicar una idea a la que el Parlamento está dando cuerpo físico y que ha salido victoriosa en un referéndum estatal. Tampoco es muy habitual que casi ninguno de los grandes medios de comunicación de la nación apoye un proceso que comandan los conservadores. Mucho menos que, en un país donde la disciplina de partido es una ley tácita, el gobierno tenga que convencer a diputados de su propio grupo para que voten a favor de lo que intenta aprobar. En los tiempos de la globalización lo inesperado en política es una brisa glacial en medio del desierto.

El panfleto

Bajo la columna del almirante Nelson y el mediodía de Trafalgar Square ondeaban una bandera de Estados Unidos, otra francesa, algunas de Inglaterra, muchas británicas. Varios manifestantes habían llevado a sus hijos consigo y los ponían a repartir octavillas. La mía me la dio un hombre bajo que tenía los huesos cubiertos por piel tostada al sol y el pelo muy corto. Al principio la hoja tapaba su mano, después quedó (la hoja, no su mano) arrugada en la mía y pude ver cinco dedos sofocados por cinco anillos exagerados, con pichos y otros objetos decorativos no punzantes, que se acercaban para estrechar los míos. Respondí al saludo y observé cómo la muñeca que se meneaba en el aire daba entrada a un antebrazo lleno de tatuajes que se perdía bajo la manga de la camiseta de aquél hombre. Me fui. Mientras leía el panfleto empezaba a entender.

La octavilla, en inglés, se titula Los tres tratados del reemplazo: Lisboa, Kalergi, Marrakech y miente sin parar. Antes de empezar con su exposición, los autores piden disculpas por si hay algún error (y los habrá, muchos, tanto gramaticales como éticos), pero «el tiempo apremia» y animan a leer el texto, que habla sobre «la masiva traición que se está practicando sobre las personas de TODOS los países europeos y de cómo los habitantes indígenas [de Europa] serán convertidos en una historia olvidada». Después dan su opinión sobre dos acuerdos políticos y una biografía.

Primero ¿explican? el Tratado de Lisboa (firmado en 2007, aunque no entró en vigor hasta 2009, es algo así como la Constitución de la Unión Europea (UE) y supuso una importante reducción en la soberanía de los Estados miembro en materias como pesca, agricultura, competencia o justicia, entre muchas otras) desde su punto de vista y sacan conclusiones sensacionalistas y exageradas (aunque tienen algo de razón, las consecuencias de dicho acuerdo no son tan extremas ni simples): como que el Reino Unido dejó de poder crear sus propias leyes o que sus ciudadanos ya no tienen nacionalidad británica. Todas estas ideas van seguidas de una declaración que quiere ser emotiva y habla de cómo, al salir de la UE, se logrará salvar a los hoy niños de ser «autómatas orwellianos».

A continuación, simulan analizar la obra Idealismo Práctico (1925) del filósofo y político austriaco, promotor de la integración de Europa durante la primera mitad del siglo XX, Richard Coudenhove-Kalergi. En realidad, lo único que hacen es poner en letras impresas lo que se ha llamado El plan Kalergi: una estrategia que utilizan los políticos de extrema derecha, como el (racista) controvertido ministro de Interior de Italia, Matteo Salvini, para cargar contra la UE. Según ellos, Kalergi quería traer a Europa millones de personas de Asia y África para que se mezclasen con los europeos y crear así una sociedad mixta de trabajadores fáciles de manipular, como si por no ser blanco uno fuese más tonto, por una élite de poderosos. Algo que es mentira, pues Kalergi solo abogaba por una integración de los pueblos europeos entre sí seguida por una de todos los países del mundo. Además de eso, el texto manifiesta que el austriaco fue la primera persona reconocida con el Premio Carlomagno, que concede cada año desde 1950 la ciudad alemana de Aquisgrán a la mayor contribución al desarrollo de la sociedad de Europa occidental, y menciona a otros personajes, que los abanderados del brexit parecen aborrecer (como Bill Clinton o Tony Blair), que también lo recibieron, como si por tener el mismo premio se fuese la misma persona. Curiosamente no mencionan a Wiston Churchill, que fue galardonado en 1956 y es uno de los mayores símbolos del Reino Unido del siglo XX.

Más mentiras

Por último, critican el Pacto Mundial de la Migración Segura, Ordenada y Regular que fue firmado por casi todos los integrantes de las Naciones Unidas (ONU) en Marrakech (Marruecos) en diciembre de 2018. Los autores del panfleto dicen que se trata de un acuerdo de la Unión Europea (cuando esta era un mero observador y cada país miembro decidió si lo aceptaba o no) para que en Europa (es un pacto mundial, no europeo) se incremente el número de inmigrantes «con un nivel bajo de ingresos, con un bajo coeficiente intelectual, analfabetos, violentos, atrasados, altamente desempleados excepto en el campo de los trabajos no cualificados, con alta probabilidad de tener antecedentes criminales; en definitiva, no precisamente “seres humanos maravillosos” de países (…) de África y el sur del Mediterráneo». Sí, es lo que, recoge el texto, aunque he tenido que amoldarlo un poco (y aun así…) porque el fragmento contenía bastantes fallos de concordancia gramatical.

El pacto, en realidad, no es vinculante y ninguno de los países firmantes tiene que aplicar medida alguna si no quiere. Más bien se trata un ejercicio de maquillaje ante la espera impávida de brazos cruzados mirando a otro sitio de los gobernantes occidentales ante el drama de los migrantes.

Cuando llegué a la última línea ya hacía un rato que había dejado de no saber del todo, que había empezado el camino. Las marchas a favor del Brexit no están lideradas por jóvenes guapos universitarios a la última moda; los que apoyan la salida de la UE no suelen ser grandes eruditos en materia de redes sociales; en una ciudad como Londres, donde lo raro es pagar con dinero en metálico y en la que se puede pasear por el mundo entero caminando unas cuantas calles, no puede prosperar una idea racista, de exclusión. Pero Londres no es el Reino Unido. El Brexit lo están haciendo las últimas personas del siglo XX, que viven en la Inglaterra y el Gales auténticos: en sus pueblos campesinos y sus ciudades industriales; la población que se siente perdida en un planeta en el que ya no hay casi nada que perdure, donde todo (las relaciones, el trabajo, las ideas, los objetos, las personas) es efímero; el futuro de estabilidad y recompensa al esfuerzo que les prometía la modernidad cuando eran jóvenes no se ha cumplido.

Lo raro sería que no intentasen cambiar su presente, que no buscasen una vía para volver al pasado. Aunque se equivoquen de enemigo al señalar al extranjero, aunque se vayan de la UE por la puerta que no es, aunque…, aunque…

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