Crónica de lo que pasa después de que no pase nada

Pero los insultos a la policía, la pelea que casi llega a ser cierta y el hombre que cargaba con un ataúd a cuestas llegaron un rato más tarde. En aquél momento, dos horas después de que no pasase nada y el Parlamento rechazase por tercera vez el acuerdo de la primera ministra Theresa May con la Unión Europea, todo lo que existía para mí era una multitud enardecida que ondeaba al Reino Unido al viento mientras escuchaba a sus líderes pedir que se respetase el resultado del referéndum realizado tres años atrás. El acto estaba encabezado por el activista de extrema derecha Tommy Robinson, conocido por sus ideas xenófobas, que interpretaba a gusto el papel protagonista encima del escenario que se había colocado en medio de la carretera cortada de Parliament Street, justo al inicio de la travesía que va del Palacio de Westminster a Trafalgar Square.

Cuando concluyó, casi tres horas más tarde, la calle vacía frente al escenario vacío presentaba la misma soledad desolada que un parque después de un botellón: latas de cerveza y botellas de cristal ya solo llenas de aire regadas por el suelo (algunas habían trepado a las partes bajas de los edificios colindantes) y pequeños grupos de alegres borrachines que se gritaban unos a otros para intentar penetrar en la embriagada sordera del resto. En medio de la suciedad me agaché para observar un periódico que estaba pegado a la carretera húmeda después de una semana sin una sola gota de lluvia. Era la portada de un ejemplar de Proletarian, publicación del Partido Comunista de Gran Bretaña, y explicaba por qué la organización apoya el brexit (es lo que quiere la clase obrera, resquebrajamiento interno de los tories, lucha contra el imperialismo). Justo en ese momento una voz inglesa en inglés me dijo: «Extraño, ¿vedad?». Al darme la vuelta vi a un chico joven, 19 años, como sabría después, el pelo en forma de casco, la cara sin un solo pelo. Al poco me explicó que deseaba que su país saliese de la Unión, pero que él no era racista y no se mezclaba con «aquellos» (e indicó con la cabeza que «aquellos» eran los que habían estado pero ya no en el escenario ahora vacío), que quería que todos los países se autogobernasen. En 2016, cuando el referéndum, no tenía edad para votar, pero participó «de forma muy activa» en la campaña por la salida. Militaba en el partido conservador.

-¿Y qué crees que va a pasar?- le pregunté.

-Nada, que esto se va a alargar por mucho tiempo y no vamos a conseguir nada.

Entonces le contesté que no tenía por qué ser así, que la posibilidad de marcharse sin acuerdo era más que plausible. Me miró como si le estuviese contando un cuento, un cuento que le gustaba. «Eso es lo que quiere el 95% de todos estos», terminó mientras miraba a su alrededor: ahora «aquellos» eran «todos estos».

Al rato llegaron los insultos, la casi pelea y el hombre con su ataúd.

¿Quién quiere a la policía?

A pocos metros del botellón consumado, una treintena de personas se agolpaba delante de la reja que da entrada a Downing Street, sede del hogar del primer ministro del Reino Unido, que estaba custodiada, en ese momento, por doce policías enfundados en su indumentaria fosforescente, acabados con esos sombreros anacrónicos que parecen de disfraz, y colocados en perfecta formación de barrera. En un extremo un hombre musculoso, no muy alto y que rondaba los cincuenta, discutía, encaramado a la valla que los separaba, con uno de los agentes. No sé exactamente sobre qué: lo poco que logré descifrar fue que uno de ellos decía que España era el país más antiguo de Europa (mentira).

Los ánimos y las voces empezaron, como harían más tarde algunas botellas de plástico, a volar por los aires. El hombre no uniformado (¿borracho?) pasó del tranquilo ¿debate? a la alterada diatriba contra el policía convertido en portero de finca:

-¡Hablas desde el lado oscuro, eres inglés, debería darte vergüenza; y todavía más vistiendo ese uniforme!- desatado y con furia; casi parecía que lo odiase.

Los insultos.

Una mujer que lo conocía, había estado todo el rato a su lado, intentaba calmarlo y, a la vez, como si no supiese exactamente cuál era su papel, también peroraba contra los agentes.

Así estaban las cosas cuando apareció una pareja más joven (entre los treinta y los cuarenta). Ella, alta y esbelta, risueña hasta cuando discutía. Él, bajo y musculoso, otra vez. Acabaron a la gresca los cuatro, en equipos de dos, mientras otros manifestantes se metían en medio, algunos curiosos observaban la escena y los policías, al igual que niños pequeños que ven a su padres debatir sobre ellos mismos, asistían impávidos a las deliberaciones para decidir si eran culpables o no.

-¡Estas personas tienen familias e hijos, tienen que darles de comer. Déjalos en paz, solo están haciendo su trabajo! – dijo el joven.

Y a mí me pareció que ahí se describió tan bien al mundo moderno…: gente que solo hace su trabajo.

– ¡No, son unos traidores. Están trabajando para gánsteres!- replicó el otro y su compañera añadió que eran empleados del Estado y que por eso no podían opinar.

-Yo también lo soy, soy profesora, y creo que puedo opinar perfectamente- contestó la joven.

El tono de la trifulca comenzó a elevarse: ahora el cincuentón, muy alterado y medio saltando, quería pegar al treintañero, que no huía pero se le veía preocupado; los espectadores corrieron a interponerse entre ambos, les costó detener al primero: era muy fuerte. Al final no pasó nada y el más joven se marchó.

La casi pelea.

Nada pasa

Después, casi todo el grupo que estaba delante de Downing Street volvió a la zona donde ese encontraba el escenario e increparon a los policías que custodiaban a modo de pared el arco que lleva al Ministerio de Asuntos Exteriores. Acto seguido, regresaron a la entrada de la casa presidencial; pero ahora se habían unido muchísimas personas. Los que ¿protestaban? ya eran más de doscientos y gritaban y cantaban y sacudían banderas y comenzaban a alterarse los unos a los otros. Llegaron más policías al cordón de seguridad, ya eran más de cuarenta, y estaban divididos en tres filas no indias: una delante de otra. Aguantaban los insultos e ignoraban los comentarios que les hacían los manifestantes. Un par de ellos (de los agentes) grababan la escena con cámaras. Supuse que sería para fichar y tener controlados a los de enfrente. Cinco o seis fotorreporteros hacían su trabajo desde una zona habilitada para ello al lado del cordón. Yo, que de periodista solo tengo el título, seguía en medio de los quieren el Brexit y vi cómo un par de chavales encapuchados cogían botellas de plástico del suelo y las lanzaban contra la policía, que no respondió. Por un momento pareció que algo iba a suceder. Un señor bastante mayor me pidió que le sujetase su chaqueta y su bandera de Inglaterra mientras se subía una braga de cuello para taparse la cara hasta la nariz. Muchos habían hecho lo mismo.

Pero nada, otra vez nada, apenas unos gritos un poco más altos, alguna lata que atravesó el aire para no impactar en nadie y tres o cuatro canciones mal cantadas acompañadas de un poco de ruido.

Y eso fue todo. Aquella noche no hubo Brexit ni nadie no autorizado pasó el cordón de seguridad de delante de Downing Street, donde, según los agentes, no estaba Theresa May. Las protestas se fueron diluyendo entre el alcohol barato y la fiesta reivindicativa, apeadas de los asuntos importantes y casi empaquetadas para que los turistas las disfrutasen y sacasen fotos a los personajes estrafalarios que formaban parte de ellas. Es probable que en muchas redes sociales aparezca el chico que llevaba una careta de Donald Trump negro, el grupo que sostenía un cartel que aseguraba que la no pertenencia de Gran Bretaña a Europa está recogida en la Biblia o la persona que ocultaba su cara bajo una máscara del príncipe Harry y escondía su cuerpo tras un cartel que pedía la reinstauración de la pena de muerte en pro del futuro de los niños. Quizá el que más éxito tuvo fue el hombre que cargaba con un ataúd de cartón con la palabra DEMOCRACY pegada a él y al que una bandera de Inglaterra servía de túnica romana (al hombre, no al ataúd).

Y van tres.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s