El coronavirus o la oportunidad para (no) fracasar

Una realidad de hormigón, una casa, un muro, a pesar de lo que pueda parecer, es la cosa más sencilla de destruir del mundo. Lo que cuesta, lo verdaderamente difícil, es derrumbar el aire, la nada; algo que está a la vista, pero que no se puede ver. Por muy grande que sea, lo material siempre se presenta como una nimiedad ante las construcciones invisibles. Hasta el año 2001, las personas paseaban por Nueva York y alzaban la mirada para intentar alcanzar el final de las Torres Gemelas y, estoy seguro, nadie pensaba que algo tan inmenso, ese elogio a los gigantes, pudiese, algún día, desvanecerse como un suspiro. Pero lo hizo.

En este mes de marzo, Europa entera asiste al desplome de su realidad. Resulta que a alguien, simple rutina, se le ocurre comer murciélago o pangolín o cualquier bicho exótico para nosotros y contrae un virus que, meses más tarde, consigue lo que no había logrado en cincuenta años el comunismo: que Occidente se replantee su modo de vida o, al menos, que comience a sospechar que algo no anda bien. El microorganismo, saltando por encima de dos siglos de filosofía, driblando al sistema de valores del mercado, escondiéndose de la fe sin tapujos en la ciencia, logra algo más espectacular que la imagen de un avión impactando en un edificio en el centro de la capital del mundo ante cientos de millones de espectadores: remodelar las ideas.

El fenómeno es amplio, profundo e inabarcable y solo se puede hablar de él mediante ejemplos. El más elemental e ilusionante es la proliferación de artículos, debates, discursos y ruedas de prensa que hablan de la instauración de una renta básica universal para los ciudadanos que se queden sin empleo durante la pandemia. Incluso políticos conservadores y liberales lo han sugerido. Obviando las cantidades y lo volátil de la propuesta, es un paso importante para salir de la lógica sádica por la cual las personas solo merecen vivir mientras producen. Es decir: se ha alcanzado la idea, más allá de los círculos intelectuales y militantes, de que los seres humanos tienen que poder satisfacer todas sus necesidades básicas y obtener acceso a todos los servicios imprescindibles aunque no trabajen.

Otra contribución del coronavirus es la vuelta a los corrillos de escalera. Asqueadas de la rutina de cabezas gachas que analizan su mundo interior en la pantalla del teléfono, las personas han levantado la vista para observar alrededor y han descubierto que los vecinos son algo más que esa compañía incómoda en el ascensor; las conversaciones en los patios, entre los tendederos, de ventana a ventana, nos permiten conocer a la gente distante que teníamos al lado. Lo mismo sucede en las familias: sus miembros comparten más tiempo y dejan de ser simples compañeros de piso.

Las calles vacías han cedido el protagonismo a las multitudes de las fachadas que, cada tarde, cancelan el silencio de la cuarentena con aplausos y otras invenciones en honor a todos los trabajadores que se juegan la vida todos los días para que los demás suframos lo menos posible.

Pero la pandemia también ha traído en su bolsa un puñado de desgracias. La principal es la muerte, que ya no es solo la muerte sola, sino la muerte acompañada de uno de sus esbirros más ingratos: la soledad. Los familiares han de resignarse, en el mejor de los casos, a despedirse para siempre de los seres queridos que los abandonan desde la distancia, a través de una pantalla fría. El Covid-19 niega hasta el insuficiente consuelo de decir adiós desde la orilla, la mano en alto, los ojos húmedos, al que se marcha al otro lado. Morir así, sin una cara amiga, no debería de ser válido, habría que prohibirlo. La última negación de la cuarentena es la de un funeral al uso, cosa imprescindible en el proceso de los vivos para superar el duelo por los muertos.

Mientras tanto, la crisis eleva a la superficie al policía que todos llevamos dentro. En las redes sociales se difunden denuncias por parte de vecinos y conciudadanos contra personas que pasean más de lo debido a su perro o que salen demasiado a hacer la compra y se insta al resto a actuar como espías dentro de sus propias casas. Al contemplar estos episodios, es inevitable mirar hacia atrás, hacia un pasado no tan lejano, y comprender muchas cosas que hasta ahora nos parecían simplemente improbables en nuestra época. Las muestras de la brutalidad y la prepotencia con las que algunos agentes tratan a las personas a las que realizan controles en las calles son clarificadoras y no reflejan más que el complejo de inferioridad del que todos somos víctima y que ataca cuando tenemos un poco de poder sobre el resto. Dale una placa a un acomplejado y tendrás un tirano legal.

El establishment tiene a la población controlada por ella misma y ha conseguido que esos comportamientos tan reaccionarios se extiendan a sectores que, en principio, representan lo contrario al control.

Veo publicaciones de personas y grupos ecologistas, como Extinction Rebellion, que celebran, con toda la razón, la vuelta de los peces a las aguas de los canales de Venecia ahora que no hay casi vida en sus calles, y señalan que el ser humano es un cáncer para el medioambiente y que eso es la evidencia… y suena tan misántropo. Quizá deberían formularlo de otra manera y aclarar que la forma de vida que hemos adoptado es perjudicial para todos y que, si continuamos obcecados en ella, vamos a destruir el planeta; que quizá el problema no sean tanto los venecianos como el turismo masivo que ha apartado a los vecinos de la ciudad y ha conseguido que en Venecia no queden venecianos. Y quizá, solo quizá, deberían cambiar sus estrategias de asentadas y manifestaciones de aplausos complacientes de unos a otros y sus discursos inocuos contra el poder, al que siempre le tienden la mano, y ponerse en su contra.

Entonces uno se encuentra delante del mundo con el corazón partido en muchos pedazos y no sabe cómo sentirse. Feliz: porque esta pandemia ha rebajado en China la cantidad dióxido de carbono equivalente a la que produjo Nueva York el año pasado. Desolado: al imaginar a los médicos que, ante la falta de equipos, han de decidir a quién tienen que salvar la vida y a quién dejan morir. Pletórico: asistimos a una época de ayuda mutua y comprensión. Impotente: frente a la conversión de la sociedad en policía. Confundido: porque nadie sabe cuánto tiempo va a durar esto ni qué va a suceder después. Ilusionado: porque ya nada va a ser igual. Nervioso: porque ya nada va a ser igual. Asustado: porque es probable que todo siga siendo igual.

Es un momento transcendental. Los de mi generación creíamos que jamás viviríamos algo así, que estos eran asuntos de las anécdotas de infancia de nuestros abuelos. El mundo se ha terminado y hay que empezar a construirlo otra vez desde el principio, pero de otra forma. De los escombros del pasado hay que conservar lo útil y desechar lo perjudicial, que es lo que nos ha llevado hasta aquí. Si, como es predecible, el día que todo esto termine salimos a la calle y hacemos lo que solíamos y olvidamos las penurias de estos meses, habremos fracasado y puede que sea la última vez que fracasemos y, si es así, quizás merezcamos fracasar.

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