Ibai

Así. A secas, sin apellido, aunque de tenerlo sería todo lo contrario al Everest; y eso que… Ya lo saben. Ibai avanza por la vida por delante de sí mismo, subido en el globo aerostático de su panza de hombre bueno. Ya es un mito y una historia, Ibai, el barbudo metido en el cuarto de su mansión regalada, la casa que todos conocemos pero nadie tiene. Delante de su cámara le habla al mundo y el mundo le escucha, los ministros le dan las gracias, parece un emperador romano; solo tiene nombre, como ellos, y lo mismo que Octavio se pasea por los jardines de su imperio con piscina, enredado en su bata, eso sí, que la túnica se tiene por prenda elegante y la moda es una preocupación de los pobres.

De todas formas, lo cierto es que Ibai siempre será un pobre, aunque sea un pobre con dinero (esta expresión, antes que SFDK , la dejó escrita García Márquez, colegas) y últimamente lo ha demostrado. Sí, el vídeo en el que defiende los impuestos a los ricos dice más de lo que dice. El vídeo viral que ya le ha dado a el Nega, estoy seguro, una nueva frase: «Yo soy de Ibai Llanos, no de El Rubius», o algo así (este tipo tiene mil maneras de decir siempre lo mismo, o sea: nada), no solo habla de lo que Ibai cuenta, sino de lo que Ibai es: un chaval con memoria.

Lejos de todo análisis político en profundidad, tampoco hay que pedirle agua al infierno, que un pibe rodeado de tanto dinero y amigos ricos sea capaz, sabiendo que su opinión nunca se parece al vacío, de decir que no le importa pagar muchos impuestos por el bien común es simplemente una buena noticia. Lo fácil sería quedarse callado y no molestar a tu círculo cercano, a tus amigos, tus iguales. Qué osado es enfrentarse a lo que amamos. A nadie le gusta incordiar al clan (muchas veces porque al que lo hace lo echan); así que creo que cada vez que uno molesta a los suyos por defender lo que de verdad opina está realizando algo loable.

El asunto es que a mí las instituciones del Estado no me importan y los que defienden a los youtubers de Andorra me dan grima y puedo decirlo, porque no tengo amigos ricos. Ibai, en cambio, ha tenido que sufrir, seguro, algún reproche en privado o el enfado de alguien al que aprecia.

Ibai sigue haciendo cosas que consiguen que odiarlo sea lo mismo que odiar a nuestra madre. Puede que todos sus movimientos de bonachón popular sean parte de una estrategia bien calculada para gustar a todo el mundo (lo que traducido a nuestro idioma no es más que más dinero), o puede que no y que solo diga lo que piensa. Qué más da, esto último no le importa a nadie.

Lo que de verdad le interesa a la gente son las leyendas y los relatos. Ibai ya tiene su origen mítico: el chico poco popular que acaba con dos millones de seguidores en las redes sociales y que no tiene más que coger su móvil para hablar con las personas más famosas del mundo.

En otros tiempos, los juglares cantarían odas y poemas épicos en su honor. Ahora, en nuestra era, Netflix hará un documental sobre su vida y en unos años acabará censurado por las redes que lo alzaron debido a un comentario fuera de lugar sacado de contexto. Es la nueva forma de crucificar a la gente. En el siglo XXI Jesucristo terminaría su carrera siendo Trending Topic en Twitter por haberse cagado en Dios cuando era un crío.

Ojalá me equivoque, claro, como siempre. Confiemos en ello.

Una noche lo vi en la calle, a Ibai, nos dimos la mano, era suave y acolchada: Ibai es tan mullido que su cuerpo termina en cojín. Recuerdo que cuando eso sucedió pensé que aquella era la mano de alguien que no trabaja, como si eso fuese algo malo. Ay, qué equivocado estaba yo por entonces, cuando era un ciudadano (más o menos) ejemplar. Ahora, frente a la misma mano no podría yo más que postrarme en señal de reconocimiento a un hombre que vive, que fabrica dinero lo mismo que otros hacen pan, Ibai, el que lo hizo posible: vivir sin trabajar, digo: la cosa a la que todos deberíamos de aspirar.

¿Quién puede, entonces, culparle?

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