Retrato I: Santiago

Llevaba un tiempo escondido, mimetizado entre sus ¿compañeros? (subordinados) de partido, sin dar la nota. Pero Cataluña votó y él escuchó a las urnas, que le dijeron cosas buenas, y entendió, al instante, que tenía que emerger del silencio de la muchedumbre verde y formal, grandilocuente, de su formación política para volver a ser lo que era, o sea: un espectáculo. Así lo hizo, celebrando once escaños lo mismo que si fuesen el Campeonato de Europa de fútbol o la lotería. (Lo cierto es que la democracia siempre conlleva algo de azar.)

Esta semana ha concluido su retorno a la estridencia, ha vuelto, con todas las letras de su nombre, con toda su fuerza entera, el líder de Vox: San-tia-go. Lo ha conseguido con una promesa que es más que una promesa, lo ha logrado con una amenaza: volver a plantear una moción de censura. Y el caso es que no lo ha hecho tanto por sí mismo como por ayudar a una de las pocas personas que de verdad le entienden: Pablo Casado. El líder de Vox solo desea que su buen amigo, el líder del PP, vuelva al lugar que le corresponde, la tierra de la gente sensata que ¿no? pacta con la ¿izquierda?, la DERECHA.

Nadie puede culpar a Santiago por querer que las cosas sean como deberían ser, o sea, como él es. ¿Y cómo es él?

Es un hombre hecho y derecho, sobre todo derecho, Santiago. Derecha es la mano con la que escribe, la misma que no tiembla al sostener un puro que va derecho al enfado de los vascos que lo abuchean, de los que la policía lo defiende en su tierra, en Euskadi. Derechito a la cámara se dirige el paso veloz de su caballo pardo al surcar el vacío de un desierto que no lo es. Santiago camina derecho, también, por los altares de la patria, en la tribuna del Congreso, desde la que siempre escucha las ovaciones de la gente que tiene a su derecha, que no es gente simple, sino su gente sencilla a la que los apellidos compuestos que lucen en sus españolísimos carnets de identidad no describen en absoluto.

Este hombre, decía, es una antología de lo diestro. Inevitable, entonces, que le gusten los toreros, el arte de los toreros, entiéndase, no podía ser de otra manera. Con la misma templanza con la que esos locos se enfrentan a bestias casi mitológicas, él embiste contra los enemigos de su España, aquellos que pretenden torcer el rumbo de la patria para el lado que no es, ustedes ya me entienden.

Santiago va tan erguido, tan derecho, que algunos miembros de su partido especulan con que, debajo de su traje, entre los bastidores de su espalda recta, ejercita la postura sosteniendo un palo entre sus omoplatos. Qué titánico esfuerzo por la elegancia, menudo mártir del saber estar, Santiago, que vive una vida de derechas y es un servidor de todo lo que está a ese lado de la existencia.

Tanto es así que se rumorea que el secretario general de Vox anda tramando una revolución mundial, científica y conceptual que consistiría en darle la vuelta al planeta para arreglarlo de una vez por todas: Santiago Abascal  no soporta que Occidente esté a la izquierda del mapa y le duele tener que defender esa parte de la Tierra. Pretende cambiarlo, curarle la postura al globo, lo mismo que si el mundo fuese una camiseta colgada del revés.

«Al menos», susurra en los momentos íntimos, cuando solo él mismo se escucha: «nos queda el consuelo de que el sol sale por el lado correcto. La vida empieza por donde es debido».

Pero esa calderilla de orgullo no basta para mitigar la carga que transporta, callado y en secreto, Santiago. Es un peso del que no logra desprenderse, lo lleva consigo a todas partes y, como el alacrán de Cortázar, no puede deshacerse de él sin prescindir de sí mismo. He aquí lo que a Santiago más le asquea de su yo invisible: el corazón que lo sustenta, ese músculo rojo, late en el lado izquierdo de su ser. Esta certeza le ha llevado, en algunas ocasiones, a cuestionarse los inteligentes diseños de Dios. Pocos saben que Santiago ha perdido la cuenta de los días que se ha postrado, en medio de su despacho en las Cortes, para rezar al Señor y rogarle que cambie el boceto de los humanos. De momento, el silencio ha sido la única respuesta que ha obtenido; aunque que los recién nacidos sigan llegando al mundo con el corazón en el mismo sitio que el de Santiago parece una contestación elocuente: Dios sabe que las cosas se dicen haciéndolas.

La última de las cruzadas, más allá de las guerras electorales, de Santiago es contra el tiempo. Contra el presente, en concreto. Como buen hombre de derechas vive abonado a la nostalgia y la mayor parte de sus ratos libres los emplea en mirar hacia atrás en los libros históricos que devora con los ojos y la música clásica que absorbe con las orejas. Volver al pasado parece ser la más apremiante de las pretensiones de Santiago. Hay personas en su círculo cercano que admiten que lo de meterse en política no es más que una excusa para lograr que lo que más quiere Santiago (España) vuelva lo más atrás en el tiempo posible.

Al ritmo que vamos seguro que lo consigue.

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