Retrato II: Díaz Ayuso

Unos ojos muy abiertos fuera de sus órbitas; los ojos de una rana fuera de un estanque. Esos son los instrumentos para mirar de la reina de la república de Madrid, que, a veces, en ciertas portadas, parece más la reina del carnaval, puro espectáculo. Isabel Díaz Ayuso habla con dejes de poeta analfabeto, como si le costase leer, parece que en cada intervención quisiera homenajear a uno de sus antiguos líderes, el hombre al que todos echamos de menos, Mariano Rajoy, un presidente gracioso.

Con esa misma parsimonia bobina y torpe disolvió, hace unos días, la ¿presidenta?, la Asamblea de Madrid y convocó elecciones autonómicas para mayo. Ya todo el mundo sabe que ahora hay movida entre ella y el resto de los partidos y que unos jueces tendrán que decidir si toca moción de censura o elecciones; o sea: que deberán elegir entre una tontería o la otra; vamos: lo mismo que hacen los ciudadanos en la urnas.

Pero al margen de todo este lío mediático, más que político, pocas personas se han percatado de la fuerza de Díaz Ayuso como símbolo de los tiempos.

Isabel Díaz Ayuso es la encarnación de la política institucional del siglo XXI. Describirla a ella como mandataria sirve para retratar al resto de los políticos del presente: una persona del montón con tan poca capacidad de oratoria que casi todo lo que explica tiene que recordarlo leyendo un papel (es lo que pasa cuando no crees en lo que cuentas), como si ignorase lo que está diciendo, sin verdaderas ideas propias; una persona que se mueve en función de la opinión pública, a las órdenes de las encuestas, en vez de intentar imponer su propia filosofía (de la que carece) y que, más que un cerebro que piensa por sí mismo y lidera al resto de cabezas de su formación, posee un altavoz en la boca que utiliza para contar lo que sus asesores de comunicación, los verdaderos políticos, quieren que cuente.

Los jefes de los gabinetes de prensa se han convertido en una especie de alquimistas de las palabras y los gestos a los que los electores eligen sin saberlo seguro pero intuyendo que lo hacen. Más que el poder en la sombra, son el poder en la sombra bajo la luz de los focos. (En el caso de Díaz Ayuso el hombre detrás del escenario, el que tomas las decisiones en serio, es Miguel Ángel Rodríguez, que ya hizo lo propio con José María Aznar. En el equipo de Pedro Sánchez, por ejemplo, ese tipo se llama Iván Redondo.)

Lo que sucede, entonces, en este teatro sin butacas que es la política española, es que los candidatos a los puestos de gobierno saben que el objetivo no es ganar unas elecciones para gobernar, sino ganar para gozar de cuatro años de publicidad institucional gratuita, que es en lo que se ha convertido el poder; promoción por la cara que les permitirá ganar otra vez para ganar otra vez para volver a ganar de nuevo. La victoria metafísica, el triunfo elevado al cuadrado, el éxito por el simple placer del festejo: en eso se resume la ideología institucional hegemónica de hoy, en subirse al pódium.

Los asesores de Díaz Ayuso saben que, para lograr sus objetivos, ahora un político tiene que desechar la pretensión de caer simpático y ser amado por casi todos, que lo que debe hacer es sumergirse en la polémica y polarizar a la población con la astucia exacta para que los que le apoyan sean unos cuantos más que los que le detestan. Aparte de eso, basta con dar un poco la nota, salirse de la senda amplia y discreta de la timidez y los buenos modales y encarar el juego de la democracia como lo que en realidad es, un espectáculo.

Da la impresión de que Isabel Díaz Ayuso se siente cómoda en ese papel de villana rebelde y conservadora. Su gestión de la pandemia se ha basado en convertir la Comunidad de Madrid en casi una región independentista, yendo siempre a la contra de los mandatos y las recomendaciones del gobierno central. La presidenta ha llevado al límite la idea de que la economía es más importante que la vida y parece que el riesgo ha dado sus frutos: ha conseguido que muchos jóvenes madrileños defiendan su medida estrella, la laxitud en los horarios de la hostelería, y sientan cierta simpatía por ella y sus desmanes. Algo poco común en los líderes del Partido Popular.

La reina de Madrid lleva tanto tiempo haciendo lo que le da la gana que ya puede hacer lo que quiera. Quizá sea por eso que todos la envidiamos. Pero esa pose de macarra institucional, de niña bien que hace el mal, no es más que el camino que ha elegido la presidenta para llegar, siempre por el sendero de la derecha, a donde se propone: la presidencia del gobierno nacional.

Es un murmullo en voz alta, su objetivo, que no parece nada descabellado. Resultaría pueril ignorar que todos los ciudadanos españoles se saben el nombre de la jefa del gobierno de la Comunidad de Madrid pero que pocas personas fuera del archipiélago conocen la identidad del presidente de Canarias y que el motivo de esto no es tanto la preponderancia de la capital en el peso de España como la cantidad de horas que Díaz Ayuso aparece en los medios de comunicación gracias a sus declaraciones extravagantes y, a veces, graciosas ingenuas. Todo es marketing.

Isabel Díaz Ayuso quiere entrar en la historia grande de este país y lo mismo le da hacerlo como Juana la Loca o como Juana la del quinto derecha, o sea: que con tal de ingresar en ella hará lo que sea necesario (menos presentarse al Congreso por Murcia o dejar de liarla).

Isabel Díaz Ayuso va a ser la primera mujer presidenta del gobierno de España: esto es un aviso, no una amenaza.

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