Retrato III: Norman Foster

Amadeus Mozart en chancletas comprando detergente en el supermercado o Vincent van Gogh en bata pillando chicles en la gasolinera de al lado de casa. Exactamente lo mismo, o sea: guau! Lord Norman Foster, el arquitecto de la luz, el genio inglés que agarra el lápiz y dibuja cada vez que necesita hablar, va a declarar como testigo ¿en? la Audiencia Nacional  por el caso del prometido-pero-nunca-cumplido Campus de la Justicia de Madrid. Vamos: casi nada.

La noticia ha pasado de puntillas por los pasillos de la actualidad española y hará lo propio cuando deje de ser noticia para volverse realidad: Norman Foster declarará el mismo día de las elecciones autonómicas de Madrid, o sea: que a nadie-ningúnmediodecomunicación va a importarle demasiado.

Lo gracioso de todo esto es cómo el sistema judicial español, ese intrincado laberinto oscuro y burocrático, lleva más de un año intentando que Foster aparezca en otro sitio que no sea alguna postal de Hong Kong o los manuales básicos de todos los estudiantes de arquitectura del mundo. La Audiencia Nacional lo intentó primero en el Reino Unido, donde debieron de decirles que este calvo caballero inglés había renunciado unos años antes a la dinástica Cámara de los Lores para establecer su domicilio fiscal en algún lugar de Suiza, donde los impuestos, más que menores, son casi inexistentes.

Entonces, allá que se fueron. (A mí me gusta imaginar en este pasaje a un pobre cartero español que con la ropa hecha andrajos, ignorante de la invención del e-mail, va subiendo y bajando las montañas de los Alpes hasta que un día, casi desfallecido, encuentra, en la cima de un monte nevado, la entrada al castillo del siglo XVIII en el que Foster reside en la actualidad, y se desploma, con la citación en la mano en alto, justo después de golpear su puerta cerrada.) La orden de búsqueda incluía la amenaza de detención y traslado a la fuerza si Foster se negaba a comparecer. Finalmente, lo hará por videoconferencia desde el país helvético.

La idea que se desprende de todo esto es la del genio entremezclado con la vida cotidiana. Siempre me ha fascinado la aparición de las personas cuyo rastro no va a ser borrado por su muerte o la historia en los vericuetos de lo común, en el barro de la realidad de todos los días (el cambio de aceite del coche, el viaje en metro, la cola antes de subir al avión). Cuando uno piensa en Audrey Hepburn no se la imagina esperando en comisaría a que le renueven el pasaporte; pero seguramente tuvo que hacerlo.

También hubo de hacerlo el bueno de Norman, que nació en 1935 en un barrio paupérrimo de Manchester, antes de realizar el salto vital de la pobreza a la gloria, que ahora mismo debe de andar toda por Suiza. (De la pobreza al arte hay un paso; aunque muchas veces las dos compartan piso.)

Norman Foster va creando el mundo con su lápiz mientras el planeta se derrumba. Resulta difícil mirar al cielo desde alguna ciudad importante y no toparse a uno mismo, desde algún rincón de la acera, con la boca abierta mirando hacia arriba algo inventado por Foster. A mí me da la impresión de que este tipo me persigue allá donde vivo: en Londres hay cachazos (que no cachitos) de él por todas partes, a veces incluso enfrentados, como en el caso del ayuntamiento de la ciudad y el Gherkin, nuestro amado pepinillo, que se yergue sobre el Támesis como un cohete o algo peor; en Madrid, a parte de 14 millones de euros menos, dejó la que hoy es la torre Cepsa, ese rascacielos terminado en asa de cubo que parece listo para llevar; y en Bilbao, uno de los pocos lugares del universo donde para ver la obra de Foster no hay que mirar al cielo, sino meterse bajo tierra, hasta las mismísimas entrañas del infierno, las señales del metro llevan su nombre.

Pero el mundo no se acaba en mí, claro. La fostermanía ha llegado a todas partes y de todas las formas posibles. Tanto es así que Norman Foster, que en sus ratos libres disfruta pilotando helicópteros y aeroplanos por el cielo (no sé si por ver lo pequeña que es la gente en realidad o por verse a sí mismo desde otra perspectiva), ha reinventado la forma en la que se diseñan los aeropuertos. Este inglés narizudo y esbelto es el responsable de que estos edificios, que necesitan de una maquinaria mastodóntica para funcionar, sean como un iceberg y muestren solo una pequeña parte de sí mismos al público, escondiendo, bajo la superficie de la tierra asfaltada, todo lo grandes que son en realidad.

Algo más: cuando Alemania se reunificó y Berlín volvió a ser la capital de un todo inmenso, fue Foster el encargado de salvar al Reichstag, el antiguo parlamento alemán ardido en un incendio en 1933, del fuego. La democracia alemana se representa a sí misma a diario bajo una cúpula imposible sin la existencia de Manchester. Foster, Foster.

¿Qué hace, entonces, un hombre cuando ya vive de prestado y toda su vida, casi 86 años, está construida en lo que vino antes?

Unos optan por el descanso y otros por el futuro. Norman es de los segundos y anda metido en otras historias. Hace unos años levantó el primer cosmódromo del mundo en Nuevo México como plataforma para realizar  viajes de turismo espacial. Y ahora mismo está inmerso en proyectos de rascacielos y ciudades sostenibles en los países ricos de Oriente Medio con el objetivo, supongo, de que la crisis climática no destruya su obra y, de paso, el planeta entero.

Los que entienden de estos asuntos aseguran que Foster lo está consiguiendo.

Mientras tanto, a los que no tenemos ni idea de arquitectura nos queda el triste consuelo de mirar sus edificios lo mismo que lo haría un mono que asistiese a una ópera de Puccini: con la boca abierta por la majestuosidad de lo que estamos presenciando y aplaudiendo, estúpidos, la colosal e incomprensible belleza de lo que acabamos de ver.  Puede que esa sea la forma más pura de entender el arte, o quizás no. Quién sabe.

O, mejor dicho, a quién le importa, ¿a quién puede importarle algo de lo que aquí hemos hablado? ¿A quién le importa qué le importa a quién? Los juicios y las colas para comprar el pan solo duran un rato, el tiempo justo para que exista un suspiro. Norman Foster, de momento, es para siempre.

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