Que viva Elvira Sastre

El Día del Libro pasó como si fuese el día de los macarrones con tomate o de las escobas voladoras. Se leyeron las mismas páginas que en el Día del Retrete, en el Día del Libro. Esta celebración es puro movimiento: algunos ejemplares firmados pasan de coger polvo en el estante de una librería a coger polvo sobre el escritorio de una casa y una gran cantidad de rosas catalanas, rojas y muertas viajan de las floristerías a Instagram y después a la basura, que es donde termina todo lo bello. Se acaba el 23 de abril y se marcha Cervantes con su obra maestra bajo el brazo, rezando para que le encuentren sustituto el año próximo, que esto de andar abandonando la eternidad para ser manoseado en las radios y los palacios por gentes efímeras a las que no le importas es muy cansado y luce menos que nada. Yo propongo que el año que viene le demos su puesto a Elvira Sastre, así sabrá lo que es trabajar un poco, porque escribir basura no es un trabajo, solo un insulto.

De todas formas, yo no soy un detractor del Día del Libro, ni mucho menos, que mis amigos libreros también tienen que comer y todos sabemos que en la civilización del espectáculo llenan más las barrigas las fotos que las ventas. Además, si algo me ha enseñado esta jornada es que los libros, a pesar de todo, siguen siendo algo importante. El ser humano solo presume de lo valioso. Que las redes se llenen de imágenes de tomos sin leer, de personas que hacen como que leen, de publicaciones moñas sobre la importancia de hacer lo que casi nadie hace y de frases diabéticas sobre la lectura de autores muertos a los que casi nadie leyó, no es más que la constatación de la imperturbabilidad del libro como distintivo social, una muestra del presunto estatus de la mente.

El mejor halago a cualquier cosa no es que la gente la haga, sino que finja hacerla. Aparentar ser algo sin serlo es una declaración de amor y reconocimiento a través del mismísimo acto.

Otra tradición de este día es el recuerdo y la exaltación de los informes sobre los hábitos de lectura de la población española. No falla: los resultados siempre son buenos, todo el mundo lee más que el año anterior. Yo soy totalmente escéptico respecto a esto, más por mi círculo cercano (en el que se lee poquísimo) que por un examen concienzudo. Todo el mundo lee y leer será muy importante, pero las series han desplazado a la novela como tema de conversación en las cenas de amigos y hace unos años las canciones de Pablo Hasel y los Chikos del Maíz habían sustituido a los ensayos políticos como arma ideológica.

(Aquí me gustaría hacer un alto en el camino para señalar lo paradójico de los planes para el fomento de la lectura. Todos, repito: todos, están condenados al fracaso, porque promueven el acto de leer como algo colectivo, proponen actividades en grupo alrededor de los libros sin darse cuenta de que la lectura es un acto solitario y que el tiempo que alguien dedica a hablar sobre un libro (ya sea en su presentación o en una conferencia o un club de lectura) es tiempo que no está utilizando para leerlo. Y, bueno, esto aún puede tener algo de sentido, pero las iniciativas cuquis tipo Carmena en el metro de Madrid, con poemas y relatos cortos de escritores hispanohablantes en las paredes de los trenes, están muy chulas y quedan muy bien, pero, seamos francos, no creo que hayan convertido a nadie en un lector de verdad.)

Pero, bueno, tomemos como ciertos los datos sobre los hábitos de lectura en España. El siguiente paso es saber qué es lo que lee la gente. Ya les adelanto que no se trata de las obras completas de Philip Roth, ni falta que hace. Basta con asomarse a los espejos deformes de las redes sociales para entender que los libros que más se leen son los libros más malos, obras de poetas que no se han enterado de que la rima ya ha sido inventada y prospectos de autoayuda que venden la fórmula para la felicidad como si de verdad fuese posible ser feliz. Claro que es totalmente lógico que esto ocurra si tenemos en cuenta que la alternativa que se ha dado a la lectura del Lazarillo de Tormes, el Quijote y otros clásicos de nuestras letras en los institutos (infumables y contraproducentes para los críos) ha sido esa literatura romántica y juvenil de vuelos bajos, tipo A tres metros sobre el cielo y Harry Potter; lecturas justificables en la adolescencia pero que más tarde no conducen a libros más complejos o transcendentes. Son pobres obras que remiten a otras obras pobres. No pasa nada por leer a Francisco de Paula con 30 años, yo también he visto hace un mes La isla de las tentaciones, pero, si ese fuese el único contenido audiovisual que me interesase, estaría jodido.

Yo admito que siempre he militado contra este tipo de literatura y que nunca he perdido la ocasión de recomendar a mis amistades que antes que leer un mal libro es mejor no leer nada. Pero desde hace un tiempo he cambiado de parecer y he empezado a dejar de hacerlo. He comprendido que las ventas cósmicas de esta clase de escritos son las que mantienen a flote a la industria editorial y que son las que hacen posible que yo pueda seguir conociendo a autores de mucha calidad que no llegan a un público masivo. Si no fuese por los bestsellers de mierda muchas librerías tendrían que cerrar o reconvertirse en tiendas de souvenirs que también venden libros o en gasolineras en las que los chicles y las palmeras de chocolate comparten estante con las obras de Gabriela Mistral y Juan Carlos Onetti.

La mala literatura para el alma es, entonces, la buena literatura para el mercado. En este mundo de compras, ventas y acciones en el que el libro no es una extensión de la mente, sino un producto de consumo, no nos queda otra que gritar: ¡Que vivan los escritores de mierda! ¡Que viva Elvira Sastre!

Un comentario en “Que viva Elvira Sastre

  1. Uhh Giro final inesperado. Me acabo de terminar el libro de Carlos del Amor y estoy con Manuel Jabois. El estatus del libro ¿quién lo pone? Mmm la literatura también es placer por placer.

    El El dom, 25 abr 2021 a las 8:56, david pungin escribió:

    > david pungin posted: ” El Día del Libro pasó como si fuese el día de los > macarrones con tomate o de las escobas voladoras. Se leyeron las mismas > páginas que en el Día del Retrete, en el Día del Libro. Esta celebración es > puro movimiento: algunos ejemplares firmados pasan d” >

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