Room tour por el subsuelo

No es que el cielo esté lejos, es que cabe la posibilidad de que haya dejado de existir. La vista no miente, pero tampoco adivina. Los ojos pertenecen siempre a la escuela empírica y es cierto que conforman el más filosófico de los sentidos, pero tienen tan poca imaginación que para inventar algo deben permanecer cerrados. Yo, que me niego a admitir la catástrofe en fin de semana, intuyo que el cielo sigue entero y que simplemente ha amanecido nublado sobre Madrid, que tendrá como ganas de llorar, y que es por eso que a mi casa ha llegado la noche a las diez de la mañana. Me asomaré por la ventana, con la cabeza en pie, más tarde, no vaya a ser que el mundo haya comenzado a terminarse y nos obligue a hacer algo en sábado, que salvar la vida también es un trabajo.

Es la primera vez que paso tanto tiempo pegado a la tierra. Yo estaba acostumbrado a estar más arriba, compartiendo el día con los pájaros, en las alturas del segundo piso en adelante. Ahora que vivo en el suelo, mis ventanas tienen rejas  y se entienden mejor las conversaciones de los vecinos y los peatones que el canto de las aves. Las viviendas de este tipo son buenas para las sociólogas y los porteros de finca, pero no para los escritores, que siempre hemos preferido fracasar en lo alto de nuestra torre de marfil, aunque esté hecha de yeso.

En los últimos días me he interesado por los argumentos que utilizan las inmobiliarias para colarle los bajos a la gente. Se pueden resumir en tres: son más baratos, la accesibilidad a ellos es fácil y, muchas veces, según dicen, pues no es mi caso, el propietario disfruta de un patio para su uso personal del que carecen los vecinos del primero para arriba. En la mayoría de webs que he consultado se repiten las mismas ideas pro-bajo formuladas con otras palabras para que la diferencia de número respecto a los inconvenientes no sea muy grande.

Lo que no dicen los alquimistas inmobiliarios del márquetin es que vivir aquí, enterrado en la acera, acaba saliendo caro.

Uno no sabe lo frágil que es la civilización occidental hasta que deja sus calcetines a secar al lado de la ventana en los bajos de un edificio. Siempre hay algún desalmado o imbécil o niño rata dispuesto a aprovecharse de la desgracia ajena, que ahora mismo mide 60 metros cuadrados y se encuentra en el fondo de la vida, bien cerca del infierno. Sí, aquí abajo se aprende mucho sobre la condición humana y uno descubre que, aunque no lo necesite, aun cuando no le sirva para nada, el de enfrente no dejará de disfrutar de su ocasión para joder al vecino y echarse unas risas. Lo único que diferencia al hombre civilizado del criminal es la oportunidad.  Doy gracias al cielo que solo intuyo por que las toallas de baño no quepan por las rendijas de mis ventanas.

Otra revelación de la vida aquí es la de la importancia de la intimidad. El que tiene un décimo no sabe que la suerte no se diferencia demasiado de una ventana abierta (porque a menudo sucede que los privilegiados desconocen que lo son). En mi casa los cristales que dan afuera están hechos con todo tipo de encantamientos translúcidos para que no se vea lo que sucede/hacemos dentro. Un consejo para los narcotraficantes: jamás confiéis la localización de vuestro negocio a un bajo. Vivir en un bajo es lo más parecido que he hecho en mi vida a participar en un reality show: todo el mundo puede ver en qué andas metido, cómo eres de veras.

Aunque lo que de verdad es un problema en un bajo es el amor. Los gritos de las noches de dos han de extinguirse para evitar el escándalo público del vecindario y sortear las preguntas indiscretas de los paseantes con los que se comparte edificio. En un bajo uno aprende que la intimidad de los susurros en la cama solo es propicia cuando no es obligada y que de vez en cuando al amor le gusta hablar en voz alta.

Pero puede que la mayor desgracia de vivir un bajo sea la de hacerse viejo. En efecto: hasta que me mudé aquí, yo no le exigía demasiado a una vivienda; bastaba con tener un techo sin goteras, un colchón en el que dormir (aunque descansase sobre el suelo) y un espacio propio donde poder ejercer a gusto mi soledad. Lo que no consiguieron los peores edificios de la gran ciudad y las noches más locas en cualquier parte, lo ha logrado este bajo sin jardín: ahora, a parte de lo anterior, exijo que mi piso tenga luz natural, esté lejos de las aceras y carezca de las vistas metálicas de un preso enjaulado. Ya me dirán ustedes a qué joven le preocupan estas cosas.

Bueno, ahora que ha pasado un rato, voy a asomarme a la ventana, a ver si el mundo sigue en pie o si es de noche en serio.

Nada. Falsa alarma. Todo en orden. Estaba en lo cierto, aunque me había equivocado: el cielo anda desnudo de nubes. Calienta la tierra un sol espléndido que casi parece de verdad.

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