Hoy he visto un muerto (y qué)

Parecíamos gilipollas, todos ahí, estáticos, con la vista en la rotonda y el alma en vilo, incapaces de poner Madrid de nuevo en su sitio, el ruido. La moto descansaba sin vida, como siempre había hecho, supongo, sobre el asfalto caliente, y los murmullos de los testigos bien podrían ser una oración por su alma, la típica muestra de piedad católica hacia los objetos de consumo estropeados. Detrás de las dos ambulancias que parecían a punto de arder, estaban esmaltadas en naranja y en rojo, yacía el piloto tapado con una manta de plástico de fácil confusión con el papel metálico que se utiliza para envolver las meriendas de los críos del mundo. A veces la muerte tiene muy mal gusto.

Me fui (supongo que para no pensar en mi futuro; me gusta creer que la muerte es algo que solo le sucede a los demás) y no recordé el suceso hasta unas horas después, cuando me dio por enfadarme con un tonto del culo que había decidido subirse al banco de una marquesina de autobús para observar mejor aquél espectáculo final, como para ver desde otra perspectiva lo que le deparaba a él mismo el mañana, que, como todo el mundo sabe, puede llegar al día siguiente o dentro de veinte años.

Bueno, vamos a dejar el motivo por el que recordé todo esto para más tarde.

Esa misma noche, las redes sociales incendiaban de indignación sus propias tierras debido a la masacre que Israel está llevando a cabo en Palestina. También se comentó algo al respecto en el telediario. A todo el mundo le dolían, cómo no, las personas asesinadas por el simple hecho de vivir en un sitio y no en otro (había muchos niños, entre ellas) y todos participamos, retuiteando o quejándonos, en las multitudinarias e inútiles reivindicaciones de Twitter e Instagram. Posturas idénticas a las de la semana anterior respecto a las protestas en Colombia, que parecen haber dejado de existir (a juzgar por su visibilidad en Internet en los últimos días).

Y es normal. A quién puede importarle lo que sucede en Cali cuando lo que pasa en Gaza es más reciente, más espectacular, más sangriento. Las catástrofes mundiales también compiten en el mercado de la atención. Los genocidios también necesitan campañas de marketing para ser ciertos, para resultar interesantes para alguien más que el que los sufre; porque nadie es capaz de indignarse dos veces al mismo tiempo.

¿Quién posee, entonces, el poder de preocuparse de veras por lo que les acontece a unos desconocidos en un lugar muy lejano durante más de dos minutos? Pues prácticamente nadie. Los habitantes de los países ricos estamos demasiado ocupados con nuestras pequeñas tragedias diarias (pagar el seguro de hogar, la enfermedad del abuelo, los exámenes de selectividad, ganar una partida en tal videojuego) como para pensar en otras cosas.

(Los habitantes de los países ricos estamos ¿demasiado? inmersos en nosotros mismos; exactamente igual que lo están los habitantes de los países pobres, no se crean, solo que en un contexto distinto. La única diferencia entre ambos es que nosotros somos los que poseemos los recursos para ayudarles y que ellos son los que necesitan ayuda. Interpretamos dos papeles distintos; eso es todo.)

Ojo: no es que no nos importe la guerra en Siria, ya inexistente en los medios, no; lo que pasa es que no disponemos del tiempo necesario para que nos preocupe de veras. No hay vida suficiente para conmoverse por más de un problema ajeno a la vez, de la misma forma que no contamos con manos suficientes para conducir tres coches diferentes de forma simultánea. Vivir es elegir y, en el caso de nuestra conciencia, hay que seleccionar, entre las tragedias que son tendencia mundial, una o dos, como mucho, que no somos tan eternos como para abarcar todas las modas.

Lo que sucede, en resumen, es que los problemas del mundo se han vuelto objetos de consumo, medicamentos, cosméticos, maneras de tranquilizar nuestra conciencia aportando dinero a una ONG que trabaja en Yemen o de disfrutar de una apariencia, de un disfraz, de buena persona o de revolucionario digital con nuestra queja semanal en Twitter e Instagram. (Bueno, se han convertido en eso y en excusas para vender camisetas anti-fascistas/sionistas.)

Y lo que pasa con los productos de consumo es que se rigen por las reglas del libre mercado, de la competencia; y no hay nada que pueda ganarle en importancia a uno mismo.

Yo había visto un muerto y solo podía pensar en la vergüenza que me daba haberme subido a aquél banco para observarlo todo mejor, o sea: solo podía pensar en mí; el muerto, en realidad, poco importaba. Él no era yo.

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