La mujer del escaparate

Si alguien me preguntase, diría que le costaba vivir. Era tan delgada que resultaba difícil no verla. Tenía la piel negra, no sé si por el sol, que seguro que había estado maltratándola con sus latigazos de cáncer desde el inicio de los tiempos, o por la suciedad, que la adornaba hasta volverla morena, a tono con las últimas tendencias del último siglo y medio. Cuando se marchó, los cristales todavía atestiguaban su presencia: había dejado el rastro de sus manos, como dos besos blancos dados con los dedos, en el escaparate de la tienda. No conocía su nombre, solo su rostro.

Madrid es tan grande que acaba siendo minúscula. Es imposible patearse la ciudad entera, así que uno termina por recortarla a su medida paseando siempre por los mismos sitios. Vivir en Madrid es renunciar a conocer Madrid del todo y contentarse con convertirse cada uno en experto de su propio imperio madrileño, que se extiende hasta donde alcanzan su rutina y sus pasos. Vivir en Madrid es aprender a rendirse, venir derrotado de casa. El madrileño es una persona que anda con los pies en la tierra porque el mar le queda muy lejos. Madrid es una ciudad para adultos; los sueños hay que buscarlos en otra parte.

Es inútil intentar hablar sobre Madrid, porque ya está todo dicho; tan dicho está todo que en la televisión nacional y los partidos de fútbol parece que Madrid es el mundo entero, el lugar de residencia de las personas que existen de verdad. Lo que pasa es que hay personas para las que Madrid es su lugar de residencia pero que no tienen un lugar de residencia en Madrid. A menos que los cajeros de los bancos, las bocas de los metros o cuatro cartones debajo de un árbol puedan considerarse una casa.

Ella miraba los zapatos como el niño hambriento que babea delante de una pastelería, dejando claro qué tendría si tuviese algo que tener. Y yo la miraba a ella, tan bobo, desde mi cansancio de hombre satisfecho, y no me atrevía a hablarle. Resulta molesto incordiar a los demás cuando están rumiando su futuro, en el momento exacto de sus ilusiones. Uno no quiere romper los anhelos del vecino, que de eso ya se encarga el tiempo. Aquella era la tercera vez que la veía, la segunda vez que la encontraba mirando el escaparate.

La segunda vez que la vi descubrí dónde se sentaba a esperar alguna moneda por compasión. Tenía una silla plegable en la puerta de un súper que hacía esquina con una tienda de fruta: justo en medio de la pugna entre el presente y el pasado. En el suelo yacían un cartón sin letras con unos cuantos euros perdidos por su superficie y dos o tres libros de los que todavía hoy no conozco el título. Ella leía, indiferente al movimiento de la Tierra.

En Madrid, de tanto andar por los mismos sitios, uno acaba formando parte del fenómeno de los desconocidos-conocidos: esas personas de las que solo sabes dónde trabajan o qué banco del parque suelen elegir para sentarse, pero que siempre que coincides con ellas te invade la sensación de que sois algo más que dos individuos que se ignoran, de que tenéis una relación basada en el silencio y el cruce de miradas que trasciende la cordialidad. Creo que esta es mi situación respecto a esa mujer que, cuando alza la vista y me ve, parece reconocerme. Hay cierto cariño en esa forma de coexistir que consigue que unos desconocidos tengan más importancia que otros.

Tanto es así que fue en ella en quien pensé cuando leí la noticia de que el Ayuntamiento de Madrid cerrará mañana el único albergue para mujeres sin hogar con el que cuenta la capital. El centro, situado en el barrio de Tetuán, acoge a 35 personas, muchas de ellas víctimas de la violencia de género, que necesitan ayuda para lidiar con problemas de adicción o salud mental. El gobierno municipal planea abrir otro albergue similar a finales de año, pero hasta entonces las usuarias serán realojadas en pensiones, algo que ha disgustado a los trabajadores del centro, que temen que estas mujeres pierdan parte de los progresos que han hecho hasta ahora. Sin embargo, las usuarias parecen estar deseando marcharse de allí, muchas se quejan de que viven en condiciones pésimas, en instalaciones insuficientes para acogerlas a todas y recibiendo comida fría y caducada.

Pensé en ella, que no tendrá nada que ver con ese lugar, simplemente por leer las palabras sin hogar después de la palabra mujer. Anda que no hay mujeres en mi vida de las que conozco sus voces y sus deseos, lo que pueden comprar. Es extraño: así deben de crearse las jerarquías. También me acordé de ella cuando en el telediario informaron de que en Madrid iban a vacunar a más de mil personas sin techo, y me puse contento.

Calculo que sería la décima vez que la veía. En cuanto se fue, me acerqué al escaparate. Había tantos zapatos que era imposible adivinar cuáles eran los que ella quería, si es que ella quería alguno de aquellos zapatos. Los observé durante un rato y me pareció que todos estaban tristes, allí, tan quietos, sin nadie que los hiciese caminar por la acera. Eran prendas malgastadas, vacías, cansadas de no hacer nada. Supongo que a esto se referían con el fetichismo de la mercancía, a sentir pena por unas chanclas. Los miré por última vez y me pareció que no tenía sentido que los fabricasen si no era para ser calzados por aquella mujer.

Madrid es una ciudad difícil, no es justo que a parte de luchar contra ella, sus habitantes hayan de hacerlo también contra la lluvia y la administración pública. Por muy madrileña que sea una, por muy acostumbrada que esté al burocrático sentimiento de no pertenecer a ningún sitio, no debería de verse obligada a pelear también contra el deseo. La democracia, para merecer ese nombre, tendría que garantizar el derecho a unos zapatos nuevos.

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