Pietatea: el valor de la basura

La ignorancia es un gran sofá en el que pasar las resacas de la existencia. No recordar es mi particular cama recién hecha, suave: un consuelo en el que desplomarse después de conocer la verdad, esa caricia tan fea. Yo soy feliz no sabiendo. Pero de vez en cuando me vuelvo loco (o me vuelvo yo mismo) y renuncio a los lujos de mi olvido para atiborrarme con alguna dosis de realidad, con unas horas de recuerdo, y limpiarme la cabeza por dentro como un bote de champú, escupiendo.

Me pasó el otro día. 
El otro día resulta que fue sábado y que fui a Lavapiés a ver el estreno de una obra de teatro. (Lavapiés es un buen sitio para presentar trabajos de arte independiente, porque en Lavapiés a nadie le importa nada una mierda: la gente va allí a beber y a modernear, la vida está en otra parte.) La obra se llama Pietatea (en euskera; La Piedad en castellano) y es el último trabajo  de la compañía teatral PAROXA, un grupo de actores, actrices, dramaturgos, etc., que acaban de salir de la Escuela TAI de Madrid a la calle para, supongo, tener algo que  hacer mientras deciden cómo hacerlo: el triunfar, digo.

Pietatea es ese edificio que está tan bien pensado que nadie se detiene en medio de la calle para observarlo, como si fuese un retrete, lo mismo que si se tratase de una papelera, Pietatea. La historia que cuenta es sencilla: Dorianne (Camila Femenie) pierde a su mejor amiga, Ane (Natalia Madel), justo antes de empezar a tener un pasado, o sea: poco antes de crecer, lo que provoca que, unos años más tarde, se comporte como una niña y, más que vivir, juegue a la vida y destroce la existencia de los demás como por diversión y sin darse cuenta del todo, bromeando, con su risa en voz alta. Vamos: la típica infantilización por trauma, un edificio cualquiera, dices, bah.

Sin embargo, la acción de la obra se sitúa en algún lugar de Euskadi (se supone, porque en medio del diálogo en castellano se cuelan expresiones, frases enteras, en euskera y algo así como un acento de baserri; lo que no deja de ser curioso, ya que, entre la decena de personas que participan en la producción, solo la directora y autora de la obra, Amaia Azkue, es vasca) repleto de tumbas y reproches y miedos y pasados que no dejan tranquilos a sus habitantes ni a los espectadores y que imprimen a la obra un algo de personalidad, cierta sustancia antiglobalización que la distingue un poco del resto. Pietatea podría ser, sin más, la sede del Ayuntamiento de Orduña: algo que fotografiar si te pilla de camino, una cosa que mirar mientras esperas sentado entre construcciones iguales y horribles.

Lo que pasa es que uno, cuando espera, tiene mucho tiempo que perder y se aburre y está solo (que es como se está siempre en el teatro) y empieza a fijarse en los detalles del edificio, en el antiguo escudo de la fachada que tiene enfrente, y, entonces, todo el tiempo del mundo no es suficiente porque empieza a ver belleza en lo monstruoso, porque comienza a divertirse en la espera porque comienza a comprender alguna cosa. Algo así me pasó con Pietatea y sus miembros, que no deberían haber estado en aquél sitio. Javier De Luís, que interpreta a Jokin, podría convertirse en mi actor favorito: lo he visto actuar otras veces y es un tipo que hace lo que le da la gana, que es quien pretende ser y nada más que eso;  Crisitina Masoni, Malen, en la obra, tiene la capacidad de hacernos creer que el personaje al que da vida solo pudo haber sido escrito para ella, mientras que Femenie y Madel, dos adultas que hacen de niñas, se desenvuelven con tanta ligereza sobre el escenario que parecen estúpidas de veras, como dos mujeres que, en realidad, fuesen dos crías de verdad, una locura: no hay nada tan difícil como aparentar ser menos listo de lo que se es.

Aunque el que más me gustó fue Cësar Von Rom, que interpreta a un enterrador que oscila entre un clown de Shakespeare y un mecánico de la Renault y que no habla nunca y es cojo de una mano. Un personaje secundario que se los come a todos en todos los sentidos.

(Los actores de Pietatea no deberían haber estado en aquél sitio, sino en uno más grande, más lleno, con mejores vistas y peores precios. En fin: en un edificio que provoque que la gente que pasa se dé la vuelta para silbarle y hacerlo sentir incómodo al pasar.)

Pero, sin duda, lo que de verdad me impactó de la obra y ha hecho que escriba sobre ella fue el uso que hace de los elementos que hay en el escenario y la precisión de su texto. Pietatea es esa edificación monolítica que solo aprecias del todo cuando lees el libro que profundiza en los pormenores de lo que quería lograr su arquitecto al construirla, cuando entiendes de veras lo complicado que es hacer algo sencillo, algo donde no sobre ni una ventana ni un tornillo, donde cada ladrillo tenga su razón de ser. Nada es superfluo en Pietatea: no hay monólogos innecesarios ni elementos barrocos sin sentido ni tramas que distraigan de lo que la autora quiere decir sin decirlo ni un famosillo que aparezca para tartamudear una frase y vender, así, treinta entradas más. Qué va: sobre la tarima (que está al nivel del suelo) hay tres palés de madera que empiezan siendo tumbas, se convierten en el baño de una discoteca y terminan por ser la ventana más alta de un edificio muy alto. Tres palés de madera y una sábana, cuatro trozos de basura: con eso basta para construir un mundo entero. Azkue, la escenógrafa Amalia Elorza y la dramaturgista Natalia García-Casarrubios (que también es Natalia Madel) se han bebido la botella completa del teatro pobre de Grotowski y consiguen lo máximo con lo mínimo, lo mismo que tres abuelas de posguerra que cocinasen una sopa muy nutritiva con un poco de agua, nada de sal y dos zapatos remendados.

Joder con el ayuntamiento.

Yo no sé para qué fui a la sala El Umbral de Primavera el sábado. Pero me levanté de mi sofá y de mi cama, que están hechos de halagos y comodidades, y fui y vi Pietatea, que está llena de tumbas que, bien pensado, son nuestras últimas camas. Yo vi Pietatea, que habla de la muerte y del daño que hace la incomunicación de los hombres a los demás. Vi Pietatea y me vi a mí mismo y entendí que Pietatea no es como una papelera, sino que es la basura que somos todos nosotros, niños que juegan a vivir, personas que no quieren hablar: trozos de gente que anda viviendo sin sentido ni piedad. Estropeados.

Yo vi Pietatea y no sé si hice mal porque me vi siendo otro, porque me vi siendo yo, como yo soy, me vi. En fin: no importa, ahora ya puedo olvidarlo todo y volver a mi sofá, que es un olvido que también está muy bien hecho, aunque lo haya hecho yo, mi olvido, digo, yo.

Pietatea, 2021

Dirección y texto: Amaia Azkue.

Dramaturgismo: Natalia García-Casarrubios.

Escenografía: Amalia Elorza.

Dirección de producción: Arantza Lozada.

Ayudante de producción: Carmen de Bustos.

Elenco:        Camila Femenie.

                    Javier De Luis.

                    Natalia Madel.

                    Cristina Masoni.

                    Cësar Von Rom.

Audiovisuales: Luis Muñoz y el equipo de La Huelga de las Sardinas.

Fotografía: Mateo H. Costa.

Próxima representación: 27 de noviembre, El Umbral de Primavera, Madrid.


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