Crecer en la casita occidental

El otro día me enteré de que mis amigos de la infancia tienen 25 años. Como suena: veinticincoaños. Qué dices: sí. Uno no sabe en qué momento la sensible voz de un niño se vuelve un eco descorchado, una botella medio abierta y sin gas que tose de vez en cuando y se queja todo el tiempo; resulta imposible precisar cuándo el tipo con el que te mamporreabas sobre las inestables cumbres de la gravilla del suelo del patio del colegio dejó de ser niño para ser tipo y fumar y beber y tener derecho a voto y lamentarse del dinero que no tiene en el banco en el que le dejan entrar pero no dormir. De locos. El tiempo. Los tipos. Los niños. Los bancos. (Los niños no se quejan de no tener dinero porque desconocen lo que es no tenerlo porque nunca lo han tenido.)

Fuá.

Pero mis amigos han llegado a/sobrepasado los 25 y eso significa que yo también lo he hecho. Yo. Repito: yo. En fin. Vaya tontería. 25 años. Todavía. De repente. Enseguida. Fuá.

El caso es que mi gente ha dejado de ser mía y se ha ramificado hacia las posibilidades de la vida. Quiero decir, sí, que han encontrado trabajo y que eso quiere decir que, la mayoría, se han institucionalizado; o sea: lo que antes se llamaba aburguesarse. De encontrar un buen trabajo a comprarse una casa, tener hijos, afiliarse a un sindicato y morirse hay dos pasos ( y una enorme hipoteca).

(Supongo que el sueño lógico, ideal y final del capitalismo es tener un ataúd bonito.)

No falla: no hay nada como convertirse en propietario para volverse socialdemócrata. No importa si procedes del anarquismo o de Vox: nada más efectivo que empezar a recolectar dinero, prestigio y/o propiedades para relajar la crítica a las instituciones y comenzar a obrar como siempre dijiste que nunca lo harías. Es complicado ser consecuente cuando tienes algo que perder. Curiosamente, ganar solo consiste en conseguir más cosas que perder. Me da que es por esto que, al final de todo, cuando tu grupo de amigos asciende a congregación de viejos que olisquean los primeros vapores del fin, el número de miembros que se ha mantenido fiel a sus ideales de juventud es cero, o está muy cerca de esa cifra. Creo: de momento solo puedo intuirlo.

Mientras escribo todo esto no puedo dejar de pensar en mí.

Pero me estoy centrando mucho en la política y eso no es lo que pretendía. La madurez es un gas que avanza despacio pero que siempre acaba llegando a todos los rincones de la posibilidad; un perfume que va penetrando poco a poco en los cuerpos de los vivos para volverlos rígidos, para convertirlos en cadáveres y, más tarde, en esqueletos, que son el último gesto de la muerte. Occidente es una gran catedral que presume de los mártires que tiene enterrados en su interior, lo mismo que una urraca enamorada de su nido-almacén: orgullosa de mostrarle al mundo lo que le ha robado al planeta. Hacerse viejo dentro del edificio occidental es venderse, envejecer aquí dentro es acabar siendo un vendido y decirle todo el rato que sí a tu jefe y renunciar a tus deseos por dinero y cambiar tus gustos para gustar más y escupir sobre el lugar del que vienes para triunfar en el sitio al que nunca vas a llegar y pensar como un director de colegio y alejarte de este ti para alcanzar a ese yo que nunca vas a ser tú; ya ven: comer petit-suisse en la casita occidental.

El epítome de todo esto son los artistas. No tanto por ser artistas como por que se muestran a los demás, parece que van con un altavoz en la mano por la calle de la vida, confesando sus gustos, sus odios, sus robos: como una urraca: los artistas hacen su arte robando y cuando ya no les queda nada más que robar, roban a su propio arte: los artistas son ladrones de sí mismos, los muy. Los artistas nacen odiando la institución pero queriendo convertirse en instituciones. Aunque digan lo contrario. Fíjense, no sé, Yung Beef, por ejemplo: un ministerio del trap. Otro edificio.

El artista se vende por un contrato con la industria cultural y usted por uno con su jefe. Usted trabajando y Javier Cercas escribiendo novelas-Planeta son lo mismo, solo que usted lo lleva en secreto.

Y quién puede culpar(n/l)os. De algo hay que vivir, algo hay que hacer para seguir respirando. Qué bien montada la tienen, la casita occidental, digo. Y mientras tanto el tiempo pasa y uno se da cuenta de todo esto, de cómo va dejando de ser el que siempre ha sido para convertirse en la diana de sus antiguas críticas, en la persona de la que se reía cuando molaba. Y el tiempo sigue avanzando y Chill Mafia hace una canción para una serie de EITB y el rapero del parque se presenta a Eurovisión/Got Talent; y el problema no es hacer todo eso, sino lo que hacer todo eso te hace hacer a ti: lo que antes criticabas ahora mola, pero no porque mole, sino porque necesitas que mole para no dejar de molar tú, y supongo que es así como las cosas odiosas se perpetúan en el tiempo: cuando sus mayores detractores las encumbran, cuando sus enemigos hablan de ellas diciendo, bueno, en el fondo no está tan mal.

Y así con todo. En público y en secreto. Se comenta que uno deja de luchar porque se hace mayor; pero yo creo que uno se hace mayor porque deja de luchar y porque el mundo lo obliga a hacerse mayor. Las cosas del mundo lo empujan a uno como a un carrito del supermercado, entre productos que desea y en realidad no quiere.

Algunos lo llamarán evolución y otros rendirse, al crecimiento, digo. En fin.

Qué más da. Total. Qué le vamos a hacer. Así está montado el asunto. Los hombros encogidos, la mirada al suelo y sí, señor, ya tengo 25, ya no estoy para mudarme a otra casa. Al menos desde aquí se ve el mar: qué bonito tiene que ser bañarse en él. Entre las olas, con los amigos. Los findes.

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